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Helsinki

Llevo 40 dias varado en Helsinki. El pasaporte se me ha caido en una alcantarilla y la embajada argentina ha emigrado del país después de la Guerra del Agua del 2021. Le alquilo una habitación a un polaco que tantea el español de oído porque, según me dijo, se cansó de cogerse a una ecuatoriana el verano anterior.

Estoy esperando noticias de Argentina pero las comunicaciones no están funcionando como deberían. Me quedan 124 euros y ni siquiera puedo trabajar. Camino perdido por la ciudad cada día y me meto en los bares para leer con un vaso de agua que gentilmente me regalan los mozos del lugar y cada tanto pico algún resto de pizza que dejan los comensales a mi lado.
Sospecho que soy el único argentino en esta ciudad. Los demás hicieron lo que debían.

El polaco se embriagó ayer y se puso un poco violento conmigo. Viajo en el tranvía local por tramos, haciéndome el confundido para no pagar. Subiendo y bajando, simulando que en realidad no es mi destino y ganando tiempo en la conversación para hacer trecientos o cuatrocientos metros más. Me están empezando a conocer los conductores y eso no es una dicha. Tengo miedo de convertirme en el loco de la ciudad.

Hoy me senté en un banco a pensar en mi infancia en las afueras de Rosario, en las tardes de sol sobre la gloriosa platea centenario y en la última vez que mi viejo me agarró fuerte la mano. Su consejo con el puerto de fondo, el sol atardeciendo desde una pintura y una hamburguesa en la mano. No dejes que nadie te borre la sonrisa, me dijo, y masticó.




Comments

noe mas said…
No dejes.

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