La pregunta de sus ojos

Es la cuarta vez en la semana que ve a la mamá llorando. Le gustaría acercarse y preguntarle pero no se anima, o se anima, pero sus ocho años lo persuaden. Presiente que esperan que él juegue y no haga preguntas incómodas. Pero la pregunta la tiene bailando en la mano y necesita desagotarla, como cuando una vez vió a Defensa Civil barrer un cúmulo de hojas de una alcantarilla y el agua en un remolino violento, se fue de una vez y para siempre.
Suena el timbre y sus pensamientos se sobresaltan, quedan truncos y se jura que a la vuelta le preguntará, se acercará y con una mano en el hombro (como lo vió en una película) concluirá el asunto.
Es hora de ir a jugar al parque. Sospechosamente es hora de ir al jugar al parque. Cree que creen que no se aviva, pero él está avispado hace pila de años.
La mayoría de los chicos cuando patean la pelota sueñan con super estrellas, en un estadio europeo o en la Bombonera. Él no, el sueña que está en el mismo parque urbano en el que se encuentra, pero el que le devuelve la pelota es su papá.
Los días pasan y medita el momento. Podría ser a la mañana, cuando el silencio de las siete se vuelve propicio para entenderse o no, mejor cuando caiga el sol, que están solos y tienen tiempo de charlar como hacen los adultos.
La noche es oscura y suena el teléfono. Espera un rato y se acerca a la cocina. Ve a la mamá en una silla sola. Lo golpea el silencio del ambiente y al mismo tiempo se le presenta la respuesta a su pregunta que ya no necesita hacer.
Entiende que los segundos también esconden cambios perpetuos.
Sabe con certeza que de ahora en más, la vida también se tratará de silencios.

Sí, quiero.

Guarden los incautos sus sonrisas prematuras que esto no es una invitación a casamiento. O quizás sí, no lo sé, pero es mucho más que eso.
Mi nombre es Andrés, tengo 33 años y trabajo de lo que me gusta hace 12 años. De chico, creía que en el pasado la vida era en blanco o negro, ahora de grande creo que tiene muchos colores, incluso blanco y negro.
Cuando crecí descubrí la escritura, la lectura y los viajes. Creo que esas tres cosas me formaron como persona, mucho más que la universidad y los ejercicios de derivadas e integrales.
De grande descubrí que esas cosas están bien pero son mucho más lindas con ella.
Ella.
Guarden los enamoradizos su sonrisa de dulce de leche que esto no es una historia de amor. O mejor dicho sí, pero es mucho más que amor. Es una historia de dos vidas que se unieron por casualidad y que formaron otra cosa, que ni siquiera puedo asomarme a conjeturar una definición.
Ella tiene algunos años menos y se malhumora cuando tiene sueño. Yo la abrazo y se le pasa.
Juntos compramos un globo terráqueo para mirar el mundo, y al lado le pusimos una lampara para iluminarlo. Tenemos un telescopio para ver las estrellas y una parrilla para cenar debajo de ellas.
La imagen más linda la presencié en Roma, y no era el Coliseo ni el Tiber, sino sus lágrimas cuando aterrizó en su sueño.
Ella no me aceptó como era.
Guarden compañeros su mirada atónita, que aunque suene horrible, eso es lo que soy hoy, una versión mejorada de mi, más familiera, más comunicativa y más desinteresada.
Y todo eso se lo debo a ella, que me retó a ser una mejor persona, y yo, con gusto, le dije "Sí, quiero".

Notas de Viaje

Hoy es nuestro sexto día en París y todavía no nos cansamos de esta ciudad. Me despertaste como de costumbre a los besos y fuimos a termina...