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La pregunta de sus ojos

Es la cuarta vez en la semana que ve a la mamá llorando. Le gustaría acercarse y preguntarle pero no se anima, o se anima, pero sus ocho años lo persuaden. Presiente que esperan que él juegue y no haga preguntas incómodas. Pero la pregunta la tiene bailando en la mano y necesita desagotarla, como cuando una vez vió a Defensa Civil barrer un cúmulo de hojas de una alcantarilla y el agua en un remolino violento, se fue de una vez y para siempre.
Suena el timbre y sus pensamientos se sobresaltan, quedan truncos y se jura que a la vuelta le preguntará, se acercará y con una mano en el hombro (como lo vió en una película) concluirá el asunto.
Es hora de ir a jugar al parque. Sospechosamente es hora de ir al jugar al parque. Cree que creen que no se aviva, pero él está avispado hace pila de años.
La mayoría de los chicos cuando patean la pelota sueñan con super estrellas, en un estadio europeo o en la Bombonera. Él no, el sueña que está en el mismo parque urbano en el que se encuentra, pero el que le devuelve la pelota es su papá.
Los días pasan y medita el momento. Podría ser a la mañana, cuando el silencio de las siete se vuelve propicio para entenderse o no, mejor cuando caiga el sol, que están solos y tienen tiempo de charlar como hacen los adultos.
La noche es oscura y suena el teléfono. Espera un rato y se acerca a la cocina. Ve a la mamá en una silla sola. Lo golpea el silencio del ambiente y al mismo tiempo se le presenta la respuesta a su pregunta que ya no necesita hacer.
Entiende que los segundos también esconden cambios perpetuos.
Sabe con certeza que de ahora en más, la vida también se tratará de silencios.

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Aguante Europa en verano. La bicicleta en primavera. La cama en invierno. Los planes improvisados.
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