Alunado

Tuve una época que yo llamo Época Alunada. Sucedió hace poco más de una década, cuando salía de noche a caminar porque estaba convencido de que caminando se piensa mejor. Esto lo hacía únicamente los días de la semana, intuía que en la soledad de la ciudad sucedían las mejores cosas. Así conoocí a Luna.

Luna estaba sentada en el bar La Academía de Callao y Corrientes, hasta ahora el único bar que conozco que abre veinticuatro horas. Yo tenía pensado terminar mi noche leyendo en algún rincón de la ciudad pero su presencia contra la ventana me terminó por convencer de que ese era mi lugar y además, lo sentí como una señal, esa avenida me había traído minutos antes la frase de Goyeneche: ¿No ves que va la luna rodando por callao?

Me senté Campari enfrente a deshojar las hojas de La insoportable levedad del ser. Milan Kundera se había convertido para entonces en mi autor favorito y yo soñaba con viajar a República Checa para pasearme entre sus sombras.
Fue recién después del segundo Campari que tomé valor para acercarme a su mesa. Lo que le dije no lo voy a reproducir acá, la vergüenza me arrincona, pero su respuesta fue una sonrisa, arañando la risa, y su email escrito en una servilleta que me extendió sacudida de prejuicios.
Sólo le añadió con una voz al dente un "me parece bien: me llamo luna".

No hizo falta nada más para comenzar una etapa que tendría final ocho meses más tarde en una noche cerrada, oscura y por supuesto, sin luna.

La historia de Vladimir


Vladimir Sokolov vino de Moscú con una idea revolucionaria: instalar el Teatro Realidad en el circuito argentino.
La escencia de su extraña dramaturgia era muy simple: representar en un escenario cosas que realmente pasen.
La crítica lo atacó con certeros argumentos aduciendo que el teatro consistía justamente en ficción y que su obra no era asimisma parte del arte teatral.
Aún así comenzó su epopeya con la presentación de "Me duelen tus abrazos" donde se podía ver, entre otras cosas, al protagonista vómitando en escena.
Lo cierto es que nunca tuvo el éxito esperado. Los actores abandonaron la obra ante la imposibilidad de encarnar mundos ficticios, rehusándose a representarse a sí mismos.

Diezmado su elenco estable, Vladimir encarnó él mismo el papel protagónico en una última función.
Con un público acaso reducido se presentó en el Teatro Municipal de Castelar.
Promediando la velada, Vladimir (personificando el papel de Vladimir) desenfundó un arma y le disparó a su partener.
La sangre y los gritos no tardaron en llegar. Asustados, los compañeros abandonaron la escena y quizás, el oficio de la actuación.
Vladimir sólo atinó a decir creo que se me fue la mano, y se perdió en las calles de Castelar para siempre.

Notas de Viaje

Hoy es nuestro sexto día en París y todavía no nos cansamos de esta ciudad. Me despertaste como de costumbre a los besos y fuimos a termina...