2 de Agosto del 2016

El martes pasado, 2 de Agosto del 2016, después de hablar por teléfono con mi ex novia por motivo de su cumpleaños, y con la tristeza mirándome fijo a los ojos, me abrí un vino tinto Benjamin y puse la música que (no) te ahogan las penas.
Entre la tercer y la cuarta copa me puse a ver fotos de Nueva York.
Muchos saben mi relación fallida con esa ciudad, y a los que no, en algún asado se la cuento.

Yo creo que el vino tiene la propiedad mágica de mostrar tu deseo como un oráculo. Te dice a quien amás, a quien no, a dónde te gustaría ir, y a dónde no tenés ganas de estar.
Con las fotos de Nueva York en la pantalla, tres copas de vino encima, hice lo que nunca sobrio hubiese hecho: me compré un pasaje para dentro de cuatro días.

No tenía hotel, ni guía, ni un cuadernito con Highlights, sólo tenía la mirada borrosa y las ganas nítidas. Como al mar frío, algunas decisiones se toman de un golpazo, apretando los dientes, sin titubear.

Sabía que como mínimo, mínimo, tenía una anécdota para las sobremesas, una historia para contarle a mis hijos, un acto de valentía por el cual enorgullecerme (después de enamorarme, que es el acto más valiente de todos).

No le conté a nadie del viaje. El jueves cené con mis padres y mi hermana y no dije absolutamente nada. Sin mentir pero seleccionando la verdad conté mi semana: un trámite en la AFIP, una pelicula de Almodovar y un medio resfrío.

No quería consejos, especulaciones, no quería preguntas ni tampoco contar cómo saqué el pasaje hasta este momento.
Así que ahora, Sábado 6 de Agosto, estoy escribiendo estas palabras desde la terminal C del aeropuerto de Ezeiza, listo para partir, y con una sonrisa en la cara.








Notas de Viaje

Hoy es nuestro sexto día en París y todavía no nos cansamos de esta ciudad. Me despertaste como de costumbre a los besos y fuimos a termina...